viernes, 15 de octubre de 2010

SNUFF MOVIES: MUERTE EN DIRECTO



Por MANUEL MOROS PEÑA

Desde hace varios años se especula sobre la existencia de cintas que recogen crímenes cometidos expresamente para ser grabados y distribuidos a ricos compradores ávidos de morbo y sangre. Pero ¿hay algo de cierto en todo ello? ¿Existen las películas snuff o son sólo una leyenda urbana más?

Cuando un ser humano desarrolla un comportamiento especialmente cruel solemos referirnos a él como “un animal” o “una fiera”. Sin embargo, ningún animal de presa goza con la crueldad en sí misma. El gato que juega con el ratón antes de matarlo se está comportando como lo haría con cualquier objeto en movimiento que le proporcionara una oportunidad para ejercitar sus habilidades para atrapar y dar zarpazos. Además, cuando un animal ataca a otro de su misma especie suele contentarse con demostrar que es más poderoso y que puede defender a su familia y su territorio, y rara vez llega a dañar seriamente a su adversario. Al animal derrotado se le permite retirarse sin ser perseguido. Sin embargo, el ser humano no se contenta con dejar escapar a su víctima. Es la única especie viva sobre el planeta que se complace en prolongar la agonía y a lo largo de la Historia ha mostrado un extremado ingenio para idear torturas que causen el máximo dolor y entrañen sólo un riesgo mínimo de acabar rápidamente con la vida de su víctima.

Gozar con el dolor de un semejante es algo exclusivo de nuestra especie. La sociedad no fue creada porque el hombre fuera bueno por Naturaleza, sino para protegernos de nuestros impulsos violentos. Homo homini lupus. Cuando desaparecen estos mecanismos de control los hombres dan rienda suelta a sus instintos naturales. Es lo que ocurre durante las guerras. Los conflictos armados crean un estado de suspensión de los derechos, dan carta de ciudadanía a la muerte, convierten en normal la barbarie y desmoronan las frágiles barreras morales que retienen al sádico que todos llevamos dentro. El mejor ejemplo es el de Ruanda. En cien días, desde abril a julio de 1994, 800.000 tutsis fueron asesinados a machetazos por sus vecinos hutus. También sirven como ejemplos las humillaciones y las torturas infligidas por los marines estadounidenses a los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, las atrocidades cometidas por los serbios y los croatas durante la Guerra de los Balcanes o las de los rusos en Chechenia... No quiero aburrirles. Viviendo en sociedad, la experiencia gratificadora que supone para algunos disfrutar del dolor ajeno queda relegada al aspecto visual, al sadismo voyeur. Una larga tradición que podemos encontrar ya en el Imperio Romano, donde los ludi constituían parte integral de la vida y la psicología. En los días tranquilos de la República eran simples competiciones deportivas, pero con la llegada del despótico Imperio los juegos se volvieron sangrientos, despiadados y feroces hasta convertirse en sádicas orgías. De hecho, se inventó cualquier forma imaginable de torturar y matar a seres humanos con tal de divertir al pueblo romano. Entre las risotadas de los espectadores, los prisioneros indefensos eran desgarrados por animales salvajes, crucificados, quemados vivos o descuartizados. A los toros, los burros y los monos se los entrenaba para violar a las jóvenes. Los niños eran suspendidos por las piernas desde lo alto de palos para que las hienas tirasen de ellos hasta el suelo y los circos se inundaban para que flotas de navíos pudieran luchar hasta la muerte. Se echaban cocodrilos al agua para que devoraran a quien cayera a ella. La persecución de los cristianos probablemente respondió a la necesidad de conseguir carne fresca para la arena cuando los prisioneros comenzaron a escasear.

En París, a finales del siglo XIX, el público abarrotaba el Grand Guignol, donde se ofrecían sangrientas representaciones teatrales. Ese mismo público agotaba las penny dreadfuls, seriales baratos de escasa calidad literaria y temas terroríficos de la época victoriana; disfrutaba en los freakshows o ferias de monstruos y visitaba las cámaras de los horrores de los museos de cera. Hoy en día las ejecuciones públicas siguen siendo espectáculos excitantes a los que las madres llevan a sus hijos en algunos países del llamado mundo “civilizado”. Y la multitud se agolpa en torno al escenario de un accidente de tráfico, asiste a veladas de boxeo y a peleas de gallos y de perros, es fiel a los programas de vídeos caseros de accidentes de coches o motos, cornadas e inundaciones, bloquea la circulación si hay alguien sobre una cornisa que amenaza con arrojarse desde ella y disfruta con películas como las sagas de Saw y Hostel.

Con la aparición del cine y, en general, de todos los medios audiovisuales se abrieron para el hombre moderno nuevas e insólitas formas de mirar el mundo, de experimentarlo y de aprehenderlo. Y también nuevas formas de satisfacer la curiosidad morbosa, con la ventaja de que se permite reproducir una y otra vez el placer del voyeur gracias a la conservación de las imágenes sobre un soporte. Por ello, el cine ha caminado de la mano con la violencia y la muerte desde sus comienzos. Ya en 1893 Thomas Alva Edison rodó Ejecución por ahorcamiento y Electrocución de un elefante y demostró conocer los gustos del público mucho mejor que los hermanos Lumière. Y en 1897 encontramos una Exécution capitale à Berlin en la que un verdugo decapita a un condenado con un hacha. En 1899 nuestros antepasados disfrutaron de las escenas mortuorias de El caso Dreyfus, reconstrucción del suicidio del coronel Henry, filmada por Méliès. El mismo director rodó en 1902 Cirugía de fin de siglo o una indigestión, en la que un médico le corta a un paciente con un serrucho las piernas y la cabeza para proseguir a lo largo del tronco con una incisión y extraerle del estómago botellas, cuchillos y demás objetos. Y, de hecho, el cine, valorado ya como séptimo arte, se inauguró en 1908 con El asesinato del Duque de Guisa, de Le Bargy y Calmettes.

En Intolerancia (1916), Griffith reprodujo de forma absolutamente explícita las decapitaciones que se llevaron a cabo durante la invasión del palacio de Belshazzar y las matanzas de El nacimiento de una nación (1915). En El acorazado Potemkin (1925), Eisenstein rodó con una crueldad jamás vista a una muchedumbre huyendo despavorida por una escalinata de las balas zaristas. En 1963 la pantalla se llenó de sangre con Blood Feast. Su director, Herschell Gordon Lewis, acuñó el término gore (en inglés, “sangre coagulada” o “sangre derramada”) para referirse a esta clase de películas, caracterizadas por mostrar el mayor número posible de vísceras, desmembramientos, decapitaciones y descuartizamientos, todo ello aliñado con litros y litros de sangre. El género alcanzó su máxima expresión con Braindead (1992), del hoy oscarizado por El Señor de los Anillos Peter Jackson.

Pero ¿existen las auténticas snuff movies? Se dice que se ruedan en selvas de Sudamérica, en playas desiertas de Tailandia, en los jardines de la mansión de un empresario alemán, en la frontera entre México y Estados Unidos... La investigación más completa sobre este asunto fue realizada por Yaron Svoray;que la recogió en su libro Gods of Dead (1996). Svoray recorrió el mundo investigando si eran una leyenda urbana o una espantosa realidad. En Belgrado (Serbia), un productor de cine porno llamado Sephan Tomasovitch le obsequió con un vídeo que contenía violaciones, masacres y ejecuciones presuntamente llevadas a cabo por los soldados durante la guerra entre serbios y croatas, pero le fue requisado poco después en un retén militar. Svoray volvió sin ninguna prueba tangible y dejó claro que, aunque muchas personas afirmaban haber visto snuff movies, ninguna tenía acceso a ellas o informaba sobre la manera de conseguirlas. Muchos otros también han intentado obtener alguna de estas macabras cintas para darlas a conocer. En 1980 Al Goldstein, director de la revista Screw, ofreció 250.000 dólares por una de ellas y hace algunos años el director de cine hardcore Frank Henelautter elevó la cifra a un millón. Hasta ahora, nadie se ha presentado ante ellos. Y aunque desde hace más de 20 años la Interpol, Scotland Yard, la policía japonesa y el FBI han investigado su posible existencia, nunca se ha notificado oficialmente el descubrimiento de alguna de estas cintas. ¿Cómo interpretar, pues, la noticia que saltó a la prensa en septiembre de 2000? Se afirmaba que la policía italiana había desmantelado una banda con base en Moscú que torturaba niños y vendía las imágenes, lo que le había proporcionado a la banda un beneficio de seiscientos millones de dólares. Probablemente, si las autoridades han tejido durante años una “conspiración de silencio” alrededor de este tema es porque, como se desprende de esta noticia, existe un enorme mercado potencial para este producto. Dar publicidad a este hecho haciendo ver que no es tan difícil hacerse con una snuff movie real habría disparado seguramente la demanda y, por lo tanto, la oferta. Seguimos siendo los espectadores ávidos de sangre del Coliseo romano. En Asesinato en 8 mm, el detective Tom Welles, totalmente fuera de sí, pregunta al abogado Daniel Longdale los motivos por los que su jefe, el millonario Señor Christian, había encargado una película en la que se destrozaba a una niña, pagando por ella un millón de dólares. Longdale simplemente le responde: “Porque podía. Lo hizo porque podía. ¿Qué otro motivo buscaba?”. Sin duda, hay cosas que en una sociedad enferma como la nuestra es mejor no saber. ¿Leyenda urbana o realidad? Esto es lo que opina Paul Schrader, el director de Hardcore: “Creo que es posible que existan; pero, existan o no, no es menos importante que el hecho de que la gente crea que existen; es la voluntad de creer en una fantasía maligna. Eso hace interesante el mito”.

A finales de la década de 1980 apareció una cinta titulada Flower of Flesh and Blood, de la serie Guinea Pig, en la que un hombre vestido de samurai torturaba y descuartizaba a una mujer atada a una cama. El actor Charlie Sheen la vio en una fiesta y avisó al FBI porque creyó que se trataba de un crimen real. Los productores se vieron obligados a difundir un Cómo se hizo en el que se incluían las escenas grabadas detrás de las cámaras para demostrar que todo se debía a los efectos especiales.

2 comentarios :

  1. ¿Que pasa, que tras un BarÇa-VCF que tuvisteis a huevos y perdisteis, no hay autocritica, o es que como Unai vais de sobrados. Fué bonito mientras duró...

    ResponderEliminar
  2. Acabo de leer la noticia de que el tele-concurso Lingo se podría repescar. Tan solo una reflexión.
    A mi personalmente el programa me gustaba y me trae muy buenos recuerdos de juventud, pero desde aquí quiero pedir ayuda porque puedo sobrevivir al inoperante ZP, al insulso CAMPS, incluso a la mamona PAJIN ahora ministra de sanidad (me la imagino de enfermera con minifalda y la verdad es que me pone)… pero otra vez el lamentable RAMONCIN no!!!!!!!!!!!!! A estas edades no me veo aguantando a un progre venido a más por el canon SGAE en horario de “prime time”. Con el Wyoming ya tenemos bastante.

    Pd. Ramoncín… que-ten-donen-pel-cul …… LINGO!!!!!!!

    ResponderEliminar