miércoles, 26 de enero de 2011

La Ley Sinde incendia Internet, quema a De la Iglesia y no apaga el problema






Por Ion Antolin

La Ley Sinde, ese oscuro objeto de críticas y pasiones telemáticas, ya es un hecho. El Partido Popular ha corrido en auxilio del Gobierno para sacar adelante el texto, y mientras muchos pensaban que la iniciativa se llevaría por delante a la ministra, el proceso ha terminado con la dimisión de Alex de la Iglesia como Presidente de la Academia del Cine. De la Iglesia, que durante las últimas semanas había iniciado un diálogo sincero con todas las partes para tratar de llegar a un acuerdo, ha sido la víctima principal de una ley que no cumplirá sus objetivos.


Internet se levantó en armas el mes de diciembre de 2009. El anuncio de una ley que pretendía poner fin a las descargas gratuitas de cine y música, una práctica habitual en la Red, cerrando las páginas de enlaces que dirigían a los contenidos, provocó un movimiento sin precedentes en nuestro país. La base principal de las protestas estaba asentada sobre la ausencia de una tutela judicial en el proceso que podría echar la persiana a la web que nos facilitaba la bajada del último estreno americano, o de nuestro Alex de la Iglesia. Se pretendió en aquellos días colar un cierre administrativo, y fue la primera derrota que sufrió la ley que adoptó el apellido de la abuela de la ministra impulsora del asunto: Ángeles Gónzalez Sinde.

Con la entrada de los jueces en el texto, vía Audiencia Nacional y un proceso que no superaría los cuatro días para decidir sobre el contencioso, muchos internautas entendieron que el texto era lo suficientemente garantista. Porque no es cierto que toda la Red esté contra esta ley. Si el dicurso único no éxiste en regímenes monolíticos, nadie puede creerse que pueda sobrevivir en un lugar tan heterogéneo como Internet. Aquella rebelión de diciembre, puesta negro sobre blanco en un manifiesto que firmaron y publicaron miles de bloggers, se quedó en la cruzada de algunos menos. Si el manifiesto movió masas, la cruzada fue algo más recogido. Algunos gurús de la Red mantuvieron la presión sobre el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero para que destituyese a Sinde, y los ánimos volvieron a caldearse todavía más con la constatación de las presiones que Estados Unidos realizaba a través de su embajada para que nadie viese las películas de Spielberg por el morro. Se introdujeron en el debate elementos como la libertad de expresión, que nada tenían que ver con la merecida persecución que se han ganado los que se lucran con la difusión de obras que no les pertenecen. Se quiso iniciar una revolución para defender una causa que no merecería algo más que una fuerte protesta.

Lo cierto es que el texto, metido con calzador dentro de la Ley de Economía Sostenible, había sido una concesión a los lobbys formados por los gestores de la propiedad intelectual. Trabajaron mucho y duro para que el Parlamento aprobase un andamiaje legal que terminase con el sumidero por el que se pierden millones de euros en ingresos para los creadores. Pero apostaron todo a la criminalización de los enlaces, que son la piedra angular de la Red. Por esta regla de tres, con la ley en la mano, podría ordenarse el cierre de Google. Los jueces deberán decidir e interpretar, y ese juicio deberá basarse en si las páginas web que acumulan cientos de enlaces a contenidos protegidos están cometiendo un delito contra la propiedad intelectual. Si esas páginas incluyen publicidad u otras fórmulas para ganar dinero, la decisión debería estar clara: culpable.

La ministra sufrió el revés más serio en el Congreso, al no pasar su ley el filtro de esta cámara. Se pasaba la pelota al Senado, e Internet volvía a hervir animada por la decisión de los diputados. El Presidente de la Academia del Cine inició una serie de contactos para intentar acercar posturas y llegar a puntos comunes, admitiendo incluso algún decálogo que se publicó antes del pacto entre PSOE y PP para sacar adelante la Ley Sinde. Fue en ese momento, tras la materialización del abrazo entre diferentes, cuando Alex de la Iglesia anunció su dimisión, y también muchos despertaron de la realidad onírica que había durado más de un año. De un sueño en el que creyeron poder influir por encima, no ya de la soberanía nacional, sino de la clase política. Las aguas han vuelto a su cauce de forma traumática, exponiendo en todo su esplendor como funciona una democracia. Nuestros representantes, aquellos a los que votamos cada cuatro años, se encargan de estos menesteres y son muy celosos de su parcela de poder. Mientras durante meses han hecho creer a muchos ciudadanos con buena intención que terminarían participando de manera decisiva en una ley, la política con minúsculas trabajaba en silencio para que los procedimientos sigan siendo los mismos.

La Ley Sinde servirá de bien poco, porque los que ahora tienen alojadas sus páginas web-negocio en España emigrarán a servidores donde la legislación de nuestro país no pueda tocarlos. Países exóticos que no hacen preguntas ni tienen blogosfera. Seguiremos bajando gratis música y películas de Internet, e incluso muchos lo harán ahora con saña. Porque durante todo este tiempo ha sobrado afán de protagonismo y ha faltado pedagogía. Porque cuando se comenzaron a acercar posturas entre un modelo de negocio obsoleto representado en la industria músical y cinematográfica, y la realidad tecnológica que vive la sociedad, llegó el Partido Popular para socorrer al Gobierno de España cuando más lo necesitaba. El juego había durado demasiado, y probablemente desde las embajadas no sólo hacen llamadas a Zapatero.

1 comentarios :

  1. Se habla mucho de la ley, y nadie se acuerda de que todos pagamos canon cada vez que tosemos... si pagamos, podemos descargarnos gratis lo que nos apetezca... si no es legal, ¿por qué existe la multa del por si acaso?
    No lo entiendo... ¿se creó el canon para callar a la SGAE?... claramente es un tributo que el Gobierno le debía a los llamados artistas por su apoyo en las elecciones... ¡qué caro nos sale todo esto a los ciudadanos!...

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