martes, 1 de noviembre de 2011

Tenemos de sobra; morimos de hambre


por RAQUEL QUÍLEZ

Más de 24 mil personas se mueren de hambre en el mundo cada día. De hambre. Por no tener nada que echarse a la boca. Una realidad que suena lejana en el mundo desarrollado, pero que padecen, llevada al extremo, más de 925 millones de personas de los 7.000 millones que somos. Todos ellos sufren desnutrición porque no pueden acceder a unos alimentos que, con la crisis mundial, se han disparado de precio. Y eso en un mundo que, según la FAO —Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU—, produce más del doble de lo que necesitaríamos para acostarnos con el estómago lleno. ¿Qué está fallando? ¿Quién se enriquece con la miseria?

De acuerdo con los datos de este organismo, los precios de los alimentos subieron más de un 30% en el segundo semestre de 2010, un encarecimiento que se dispara hasta el 150% en los países en vías de desarrollo. «Los mercados y los gobiernos están permitiendo que se especule con el precio de la comida y tenemos un gran problema de distribución y acceso a los alimentos. Hemos sido capaces de producir más y de crear sistemas y mejoras agrícolas, pero no están repercutiendo en la población», denuncia Antoni Bruel, coordinador de Cruz Roja España, quien enumera, además, factores como «la pobreza, la desigualdad, los efectos del cambio climático en la agricultura a pequeña escala y el alto coste de productos como los fertilizantes».

El Informe Mundial sobre Desastres 2011 de Cruz Roja desvela que este drama tiene sexo y edad: «De los cerca de nueve millones de personas que mueren de hambre cada año, el 75% son niños menores de cinco años, y el 60%, mujeres. Las niñas son las primeras en fallecer», dice Bruel. También entiende de zonas: la hambruna azota con especial fuerza el cuerno de África, donde la ONU estima que hay 750.000 personas en riesgo de muerte y 13 millones más que necesitan ayuda urgente. Pero ojo, la crisis está convirtiendo en global la falta de alimentos. Un ejemplo: en EEUU, el Departamento de Agricultura gastó en 2010 casi 68.000 millones de dólares en cupones de alimentación para algo más de 40 millones de hambrientos.

Y es que el shock financiero ha venido a agravar los problemas: hoy muchas familias de los países más pobres gastan en comida más de la mitad de sus ingresos; y desde junio de 2010, 44 millones de personas han sobrepasado el umbral de la pobreza —disponen de menos de 1,25 dólares al día— debido a su alto precio. Además, las inversiones en mejorar la productividad agrícola de los países en desarrollo son hoy un 50% menores de lo que se necesitaría y se está desperdiciando el potencial de 70 millones de hectáreas cultivables, pero abandonadas.

Y no hay atisbos de mejora: el cambio climático podría afectar hasta al 30% de la agricultura africana y la producción de biocombustibles está arrebatando los cereales de muchas bocas: más de un 10% de la cosecha —cuyo precio se disparó un 57% en 2010— se destina a etanol para los coches. Según estimaciones de la ONU, es posible que en 2050 existan 25 millones más de niños desnutridos. 25 millones que no lo tendrán fácil para llegar a adultos.

1 comentarios :

  1. Buen artículo Raquel.
    Hay tantas cosas que arreglar en este puñetero mundo, pero todas aquellas que tienen que ver con los niños, deberían ser prioritárias.
    No sé si el problema está en la subida de precios de la alimentación, en el recorte de superficie destinada a cultivar... pero es cierto que incide en mayor medida en aquellos paises con gobernantes sátrapas, donde el control que ejercen sobre los canales de la ayuda humanitaría acaba suponiendo un negocio más, que les reporta riqueza en forma de ingresos.
    ¿Frente a esto?, actuación en forma de intervención internacional, pero claro, no hay petroleo de fondo.
    Colaborar con ONGs y aportar nuestra ayuda en forma de recursos, es lo que podemos hacer desde aquí.
    Pero también una acción importante es la de educar. A nuestros hijos. Educar en que hay que compartir. Que hay gente que sufre. Que debemos dar gracias a diario por lo que tenemos. Hacerles entender la cultura del esfuerzo.Esperemos que así ellos sean capaces de organizar un mundo más solidario y justo. Ni nuestros padres ni nosotros lo hemos conseguido.

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