sábado, 24 de marzo de 2012

¿Nos enseñan a pensar?


Existe un malestar profundo con el sistema educativo. Desde pequeños, a los niños no se les enseña a pensar, ni a ser creativos. Al contrario: les enseñan a ser como todos, a no destacar, a no salirse de lo establecido, a ser iguales que todos los demás. Los niños entran a clase con el ruido de una sirena, igual que en una fábrica. No se les enseña a crear, sino a producir.

La obsesión de todos los jóvenes es sacarse un título como sea y ponerlo en el CV, y no se dan cuenta de que eso les hace iguales que los demás. Ni siquiera las escuelas de negocios te aseguran destacar; mucha gente acaba la carrera e inmediatamente empieza un MBA porque es lo que todo el mundo hace. El problema es que toda esa gente tiene CV´s idénticos, no se diferencian en nada.

La Universidad no te enseña a pensar, sólo te enseña a estudiar; no estimula a las personas, sino que las hace iguales. ¿Para qué va a estar una persona tres años en la universidad perdiendo el tiempo? Los jóvenes sólo necesitan un poco de orientación, y eso se consigue en pocos meses, no hace falta estar años en la universidad, porque eso nos convierte en borregos. El sistema está creando a personas idénticas, y cuando hay miles de CV´s idénticos, los sueldos se caen. No podemos tener a gente hiperpreparada mendigando por un plato de lentejas".

Enseñar a pensar es una tarea fundamental en la educación, sin embargo, el docente debe tener algunas características básicas que fomenten en la persona a educar la reflexión. En el proceso educativo, sin duda, el educador es una parte fundamental del proceso. Sin embargo, el rol que ocupa, tiene que ser analizado para que realmente cumpla su función de formar focalizado en que los estudiantes aprendan a pensar .

Un educador que enseña a pensar permite el desacuerdo positivo. La verdadera educación forma para debatir, tener opiniones contrapuestas y defenderlas. El disentir es parte de un proceso de valoración. Permite a la persona sopesar con cuidado la evidencia que se le entrega para poder decidir ante su propia conciencia la verdad que se le está entregando.

Hay que permitir la innovación y el experimento. Aun en los casos en que tenga certeza que sus alumnos han de equivocarse en algún planteamiento, se debe permitir el avance. Fomentar un clima de diálogo y respeto por las opiniones de sus alumnos. Los docentes que actúan dejando entrever abierta o solapadamente que sus opiniones son las únicas respuestas válidas, no fomentan un ambiente adecuado para el desarrollo del pensar.

En la libre expresión de las ideas se crea el contexto propicio para el pensar creativo. Un alumno que puede experimentar con sus ideas, sin miedo a ser reprochado, es un estudiante que probablemente desarrollará una mejor habilidad de pensamiento. Eso sí, se debe inculcar el respeto a la opinión ajena, pues ello no implica aceptar cualquier idea sin fundamento. Si esto se hace bien, se le enseña al estudiante a analizar, fundamentar, argumentar y sostener adecuadamente sus postulados.

Sir Ernest Rutherford , presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba esta anécdota que leí en el blog “El bálsamo de Fierabrás” y aquí reproduzco:

"Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado a un problema de física, pese a que el muchacho afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir el arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

Leí la pregunta del examen y decía: ¿Cómo mediría la altura de un edificio con un barómetro?:

El estudiante había respondido: Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la altura del edificio. El estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio porque había respondido a la pregunta correctamente.

Pero, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera a la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba, escribió la siguiente respuesta: Tomó el barómetro y lo dejo caer a la calle desde la azotea del edificio. Mido el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplico la formula de la caída libre y así obtengo la altura del edificio. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta y lo despidió.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. "Bueno -respondió- hay muchas respuestas. Por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides su altura y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos fácilmente la altura del edificio.- Perfecto - le dije. ¿Y hay otra solución?- Si, - contestó - éste es un procedimiento muy elemental para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro en la pared y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Es un método muy directo, por supuesto."

"Si lo que se quiere es un procedimiento más sofisticado, se puede atar el barómetro a una cuerda para descolgarlo desde la azotea hasta la calle y se mueve como si fuera un péndulo. Así se puede calcular la altura midiendo su período de oscilación. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras pero, probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa de la portera. Cuando abra, decirle: "Señora portera, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En ese momento de la conversación, pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos.- Ciertamente la conozco, pero durante mis estudios, los profesores han intentado enseñarme a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones orbitando a su alrededor. Fue un innovador de la teoría cuántica.

Pero, al margen del personaje, lo esencial de esta anécdota es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR. Aprendamos a pensar: un problema generalmente tiene una sola respuesta pero hay mil formas de llegar a ella, lo auténticamente genial es elegir la solución más práctica y rápida de forma que podamos acabar con el problema de raíz... y dedicarnos a otras cosas.

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