jueves, 21 de junio de 2012

Cinco cosas que hay que saber sobre la Unión Bancaria


No hace mucho, era una idea que únicamente estaba en los sueños de los políticos: el control unificado del sistema financiero europeo y de las garantías públicas que lo sostienen. Los 27 países de la UE cederían parte de su soberanía para crear una autoridad bancaria, un seguro financiado por los contribuyentes –una unión bancaria. Una idea visionaria, pero improbable desde el punto de vista político. 

Incluso sus defensores pensaban que este gran salto hacia el federalismo europeo tardaría décadas en darse, si es que llegaba a producirse, debido a los obstáculos técnicos y políticos. Ahora, sin embargo, debido a los acontecimientos en la eurozona, esta es precisamente la opción que han señalado los líderes de la UE como vía para abordar esta crisis. 

Pero su motivación no es el federalismo europeo altruista. Es la necesidad. El movimiento empezó con los banqueros centrales europeos, que en marzo empezaron a demandar públicamente un gobierno bancario integrado en la eurozona. Luego siguieron los reguladores y los líderes de la UE, que obtuvieron el respaldo de la Comisión Europea, Francia, Italia e incluso –en parte– Alemania. 

Sin embargo, esa federación requiere sacrificios políticos aún mayores de los hechos para crear la moneda única en los años 90. La lucha política no ha hecho más que empezar. Y el punto más difícil –que los países más ricos paguen esta nueva unión– dista de estar resuelto. 


1. Herramientas nacionales, problema continental
La repentina urgencia se debe en parte a los problemas en España. El rescate de hasta 100.000 millones de euros propuesto por la eurozona para sus bancos, ha fracasado. Bajo las normas actuales, los fondos de rescate de la UE para la banca deben canalizarse a través de préstamos a Madrid –un paso que eleva la deuda del Gobierno español. Esto contribuyó a aumentar sus ya altos costes de financiación a niveles insostenibles, acercando a España a un rescate soberano. 

Esto ha sacado a la luz problemas estructurales en la eurozona. La suerte de los bancos y de sus países está estrechamente vinculada y, en épocas de crisis, puede ser letal. 

Durante esta crisis financiera, los contribuyentes europeos han descubierto lo que implica apoyar a estas entidades: desde 2008, se han aprobado ayudas estatales para bancos europeos por valor de unos 4,5 billones de euros, el equivalente a más de una tercera parte del PIB de la UE. 

Los bancos, a su vez, descubrieron su dependencia de su país de origen y lo que eso conlleva. Un banco respaldado por un Estado débil paga más para financiarse.
Tras el estallido de la burbuja crediticia, estos lazos formaron una espiral destructiva que no ha hecho más que causar un problema tras otro a la eurozona, describiendo una trayectoria hacia la ruina por la que unos bancos sin liquidez terminan arrastrando a los países que se supone que tenían que rescatarlos. 

Estos vínculos también dificultan alcanzar una solución. Las autoridades nacionales pueden ser demasiado arrogantes como para diagnosticar los problemas de la banca con anticipación, pueden mostrar una gran dependencia de los bancos como clientes de su deuda, o pueden estar demasiado orgullosas de sus campeones nacionales como para dar los pasos necesarios. 

El resultado: la confianza se ve dañada. Los bancos se niegan a concederse créditos y se repliegan dentro de sus fronteras. Los clientes de los bancos llevan a cabo una retirada masiva de fondos a cámara lenta, transfiriendo sus depósitos de Grecia o España a países relativamente más seguros. Desde 2009, la base de depósitos de los bancos griegos se ha reducido más de un 33%. 


2. Bancos europeos, garantías europeas
En su forma más pura, una unión bancaria quita control a los gobiernos nacionales. Las autoridades federales de la UE controlarían las operaciones bancarias, supervisarían las normas e intervendrían cuando una entidad sufra dificultades. Al mismo tiempo, los contribuyentes comparten el riesgo, por lo que la carga de salvar a un banco se distribuye por toda Europa, en lugar de recaer sobre los contribuyentes del país de origen del banco rescatado. 


Existen varios diseños institucionales para la unión. Pero, en esencia, implica el reparto de poderes y obligaciones entre fronteras. Los supervisores nacionales aún podrían tener algún papel en la supervisión de los bancos, especialmente de las entidades más pequeñas. Pero la máxima autoridad estaría en manos del organismo federal, que podría ser el Banco Central Europeo o la Autoridad Bancaria Europea, el supervisor paneuropeo afincado en Londres. Michel Barnier, el comisario europeo de Mercado Interior y Servicios Financieros, asegura que esta supervisión común “es crucial para la confianza entre países” para que el riesgo de la resolución y de los seguros de depósitos pueda compartirse. 

Este nuevo supervisor necesitaría peso para invalidar las decisiones de gobiernos electos. Según los poderes previstos, Una autoridad de resolución única podría decidir liquidar un banco austriaco o francés e imponer pérdidas sobre sus inversores privados –todo en el plazo de un fin de semana y contra los deseos de los gobiernos nacionales–. 

Para que haya una unión plena es necesario un colchón común, que garantice los depósitos y que pague la resolución de un banco. Esta es la parte más difícil. Bruselas presiona para que se cree un fondo común, formado a partir de impuestos a entidades financieras. Pero aún después de 10 años pagando cuotas, es poco probable que baste para cubrir los costes de una gran crisis sistémica, o para garantizar parte de los 5 billones de euros en depósitos de los hogares de la eurozona. Los poderes para obligar a los acreedores no asegurados a pagar la factura de los bancos en quiebra reduciría la carga sobre los contribuyentes. Pero según la propuesta actual, no entraría en vigor hasta 2018.
Así que es probable que existiese una garantía pública –en realidad, un compromiso incondicional de los contribuyentes de Alemania y otros países acreedores a apoyar a los bancos de España, Italia o Portugal–. 


3. Controles comunes antes que riesgo común
Hay infinidad de obstáculos políticos, aunque el principal motivo de disputa está en los tiempos. Antes de exponer al contribuyente alemán a la deuda extranjera, la canciller Angela Merkel quiere imponer controles federales a los bancos nacionales y una unión fiscal. La unión bancaria no se descarta, aunque Merkel advirtió la semana pasada de que la “resistencia de Alemania no es infinita”. 

Berlín está abierta a una supervisión de la UE, con una condición: excluir a sus cajas de ahorros, argumentando que no son importantes desde el punto de vista sistémico. Sin embargo, hay que recordar que en España, este tipo de cajas han sido las que han llevado a Madrid a necesitar un rescate. Sin duda, otros países también presionarán para que sus mejores entidades reciban un tratamiento especial. 


4. Visión a largo plazo, crisis urgente
Construir una unión fiscal y bancaria que funcione a pleno rendimiento podría llevar de cinco a diez años, algo parecido a la creación del euro. Pero las autoridades no disponen de ese tiempo. Ahora que la banca española amenaza con provocar el colapso de la cuarta mayor economía de la eurozona, los líderes de la UE tendrán que demostrar que están decididos a tomar pasos firmes durante la cumbre de la próxima semana. A largo plazo, podría anunciarse la unión bancaria. Más diferencias despiertan las posibles medidas a corto plazo, todavía por decidir. 

Francia propone el plan más ambicioso, un proyecto anticrisis que avance hacia una unión bancaria y que ya cuenta con el apoyo de Italia y España. El presidente galo, François Hollande, es partidario de concederle al BCE la supervisión de los grandes bancos. Es una decisión política que, según los tratados de la UE, podría tomarse de la noche a la mañana siempre que haya unanimidad. Más difícil es la parte financiera: Hollande pretende que el Mecanismo Europeo de Estabilidad, que entraría en vigor el próximo mes, sirva para recapitalizar bancos directamente evitando recurrir a los préstamos que se conceden a los estados. El BCE decidiría cuándo utilizar los fondos, qué cantidad se necesitaría y en qué condiciones se venderían las participaciones. Berlín se muestra reacio a respaldar esta idea, en parte porque teme la exposición directa al riesgo financiero a la que se expondrían los contribuyentes alemanes y por el hecho de que la UE ofrezca una red de seguridad a los bancos. 


5. Unión de la eurozona, separación británica.
Los problemas políticos no terminan en la eurozona. El ministro de Economía británico, George Osborne, es favorable a la creación urgente de una unión bancaria, consecuencia natural de una moneda única. El inconveniente: Reino Unido, que alberga el centro financiero más importante de Europa, no participaría en este proyecto. Para Osborne, la unión bancaria no es la consecuencia inevitable de un mercado único europeo. 

En Reino Unido hay quien piensa que una mayor integración de la eurozona representa una amenaza para la City. Andrew Tyrie, presidente del comité del Tesoro del Parlamento británico, cree que la eurozona sería un destino más atractivo si el BCE operara como prestamista de último recurso, como hacen el Banco de Inglaterra o la Reserva Federal de EEUU. Barnier está convencido de que una unión bancaria de 27 estados “redunda en el interés de la City”. A corto plazo, una unión bancaria de la eurozona daría más fuerza a la idea de que la dinámica de poder en la UE está cambiando y alimentaría el argumento favorable a la celebración de un referéndum en Reino Unido sobre su futuro europeo. 

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