sábado, 23 de junio de 2012

La adolescencia como enfermedad



Por Luís Martínez


No está claro el día preciso en el que se inventó la adolescencia. Se sabe, eso sí, que fue por la tarde. Por la mañana, los adolescentes duermen. Tras un estudio detenido, su inventor llegó a la conclusión de que estar confuso puede ser un rasgo de carácter y, en determinados casos, temporal. Cuando se cumplen las dos características (la confusión y la temporalidad), estamos ante un adolescente. Si sólo se cumple la primera (el despiste), lo que tenemos enfrente es un ministro de Economía o, quién sabe, un presidente de las Islas Salomón. Tanto da.

Antes del invento, nadie (o muy pocos) prestaban atención al asunto. Los adolescentes esperaban su turno, sufrían en silencio, callaban y, cuando se les pasaba el acné, regresaban al mundo de los vivos. Luego la cosa se democratizó. A los padres se les ocurrió dar paga, teléfono móvil y consultar con un psicólogo (no necesariamente por este orden), y los adolescentes se apropiaron del mando a distancia. Entonces, la adolescencia cobró carta de identidad y se convirtió en todo lo que se convierte cualquier cosa que, de golpe, existe: en el nombre de una planta de unos grandes almacenes. En eso y en un pesadilla.


Bien es cierto que, como todo lugar lo suficientemente extraño, acabó por generar buena literatura. Un buen adolescente siempre ha encontrado motivos para abrirse las venas con Hesse, Salinger, The Cure o 'Rebelde sin causa'. Por citar sólo algunos de los hitos excelsos que definen ese estado turbio del alma al que conduce la contemplación dolida del universo. Tan cursi y crudo como suena.

Luego, o probablemente antes, llegaron las malas noticias. La confusión es tanta, que acaba por valer cualquier cosa. Por ejemplo, 'Tengo ganas de ti'. Ahora película. El problema no es, si se quiere, la cinta en sentido estricto. Ni la dirección efectiva, como siempre, de Fernando González Molina ni el esforzado trabajo de cuerpos, restregones y miradas de los actores inducen a la sospecha. Se frotan, luego existen. El problema es otro. Lo grave es lo que hay debajo, que es muy malo y, además, duele.

La prosa romántica de Federico Moccia, autor del libro en el que se basa la cinta, o la saga mística de 'Crepúsculo', de Stephenie Meyer, son probablemente los mejores (y, por ello, peores) ejemplos contemporáneos de la impostura asociada al invento de marras. En la literatura (por llamarlo de alguna manera) rancia, pedestre y ferozmente reaccionaria de estos autores, la adolescencia se ofrece como la mejor coartada para vender a precio de rigurosa novedad material perfectamente caducado. Todo ello, eso sí, envuelto en lujoso papel celofán.

Básicamente, estos autores trabajan con la idea del adolescente como el campeón de la pureza, el terreno virgen en el que los sentimientos surgen puros. A su alrededor, una sociedad necesariamente contaminada por las convenciones, las mentiras, las ironías... Ya saben, el mundo adulto. Bostezo. Poco que objetar, más allá de la obviedad, a lo aburrido del planteamiento. Lo realmente duro es la utilización malsana de este argumento para acabar recetando los más soporíferos y torpes lugares comunes. El ideal romántico es vendido como una extraña e irreal combinación de deficiencias pulmonares (no se respira bien), inseguridades (sólo me entiende mi pareja), dependencias (sin mi pareja no soy nadie) y alteraciones térmicas (la fiebre como estado natural del cuerpo y de lo que no es el cuerpo).

El lector o espectador no avisado puede acabar por encontrar una explicación completamente irracional (lo que equivale a una no-explicación) a todo lo que le ocurre. La estrategia es que el adolescente acabe por sentirse cómodo en su estado de turbación. Y eso no es tanto un sano ejercicio de reflexión como de estúpida y acrítica identificación. Mal dirigida o mal comprendida, la frustración en la que puede desembocar darse cuenta un día de que la vida, los orgasmos y las relaciones en pareja son cualquier cosa menos eso, puede, admitámoslo, dar problemas. Y muchos.

Por supuesto, y por redondear el sermón, como la idea es dejar de lado cualquier intento de vivir tanto la sexualidad como todo lo demás de forma no atacada o convulsa, aquí, por supuesto, ni hay condones ni se les espera. Ver como al final de la película una niña violada se niega ufana a abortar en un arranque de maternidad sobrevenida, sonroja. Y mucho. De la total ausencia de casco en la moto, mejor no decimos nada. Pero, quizá, todo esto sea otro asunto.

Alguien dijo el siglo pasado que el siglo XIX había durado dos siglos. Se refería al esquematismo romántico con el que machacona y visceralmente nos empeñamos en poner candados en los puentes. Visto el éxito de Moccia, vamos camino del tercer siglo triunfal. Cuesta entender porque los estereotipos que con tanto empeño combaten las administraciones públicas para evitar asuntos tales como el maltrato machista se repiten una y otra vez. Y en el colmo de la ironía, también soportados con dinero público. Y con tanto aplauso. Estamos, para situarnos, delante de la película llamada a salvar la taquilla española del abismo de la Eurocopa. Vamos bien.

Definitivamente, el inventor de la adolescencia no sabía en qué lío nos iba a meter. De los pantalones cagados, ni hablamos.

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