martes, 19 de febrero de 2013

1939, Barcelona "'castigada" con la final de la Copa del Generalísimo















REPORTAJE "EL PODER DEL BALÓN"
Por MIGUEL ÁNGEL LARA para marca.com


Cinco meses antes, el 26 de enero de 1939, las tropas franquistas entraban en Barcelona. El 25 de junio, la Ciudad Condal, uno de los símbolos de la República, fue elegida como escenario de la primera final de la Copa del Generalísimo. Franco escogió una ciudad de las que más hostiles le fueron para convertirla en el escenario de un evento deportivo cargado de significado político, en una exhibición de su triunfo.

Escenificada la victoria de los sublevados con la entrada en Madrid el 1 de abril, Franco encargó al General Moscardó, el que comandó la liberación del Alcazar de Toledo, la puesta en pie del deporte nacional y, en especial, del fútbol. La nueva Federación estaría presidida por el teniente coronel Julián Troncoso, el mismo que en 1937 se proclamó presidente del fútbol español y entabló negociaciones, exitosas, con Jules Rimet para que la FIFA sólo reconociera a la selección de la entidad que él presidia, la Federación Nacional de España. Troncoso aplicó medidas para que se persiguiera a futbolistas, entrenadores y directivos que habían mostrado su lealtad a la República.

En una España quebrada por tres años de guerra y más de un millón de muertos, el fútbol no se había librado de la destrucción. Las nuevas autoridades iniciaron la reconstrucción desde el torneo de Copa, a la que se apellidó del Generalísimo. Participaron los campeones de los campeonatos jugados en Andalucía, Ceuta, Galicia, Vizcaya, Guipúzcoa, Baleares, Navarra, Asturias y Aragón, con el Valladolid como invitado. Las zonas que resistieron hasta el final, casos de Madrid, Valencia y Cataluña, no tuvieron representantes. Faltaba también el Athletic, el mejor equipo antes de la Guerra y cuya plantilla sintió el éxodo a otros países europeos o americanos de sus estrellas.

En un torneo express jugado entre el 14 de mayo y el 25 de junio, a semifinales llegaron el Sevilla, el Oramendi Baracaldo, el Alavés y el Racing de Ferrol, al que la presa no olvidaba nunca acompañar al escribirlo “del Caudillo”.

El Consejo Nacional del Deporte, a través Troncoso, eligió a conciencia la sede de la final, descartando Madrid y Sevilla, y quiso convertirla en una apoteosis del nuevo régimen. Era evidente que había ciudades con mucho menos castigo que Barcelona para recibir la final, pero la elección era de ribetes puramente políticos.

Para ello se anunció como aperitivo a la final (Sevilla-Racing de Ferrol) el regreso del derbi barcelonés, Español-Barcelona. El Barça había visto como durante la guerra su presidente y miembro de Esquerra Republicana, Josep Sunyol, era fusilado en la sierra madrileña de Guadarrama. Se decidió, además, que el día de la final se estrenara la Marcha de la Victoria ‘Franco’, del maestro Torrens. Todo quería estar atado. El Barcelona vendía las entradas en su sede la Ronda de San Pedro 2 y el Ayuntamiento publicó en la prensa las tarifas para ir en taxi a la hoy montaña olímpica: cuatro pesetas una personas y una más por pasajero extra.

El día antes de la final, el General Moscardó convirtió Barcelona en un tributo a los caídos en el bando nacional, descubriendo una placa en el estadio de Montjuïc en su memoria y presidiendo un oficio religioso en la catedral. Evidentemente, no hubo gesto alguno a los muertos en el otro bando. La prensa destacó la respuesta popular. No podía ser de otra forma. Si en Barcelona quedaban simpatizantes de la República estaban escondidos o en prisión.

Y llegó el 25 de junio, el día de la final, la fecha en la que el fútbol se convirtió en un acto multitudinario de propaganda del Movimiento. El delegado de la Nacional de la Federación Catalana, el señor Jover, dejaba bien claro lo que esperaba del partido: “Mis esperanzas, pues, que la fiesta rebose los límites tan extensos y amplios del deporte de Barcelona, que tiene en esta ocasión la oportunidad fie saludar, brazo en alto y gritando con todo entusiasmo ¡Arriba España!, a uno de los colaboradores más queridos del Caudillo”.

Sin embargo, algo salió mal. El 21 de junio, La Vanguardia publicaba el regreso del derbi: “Además, veremos el domingo en Montjuich, antes de la gran final, la reincorporación del Barcelona a la plena actividad, y, como todo lleva trazas de andar de acuerdo con la magnitud del marco escogido, esta vuelta a la actividad futbolística del club azul y grana tendrá efecto frente al Español, con lo que puede asegurarse que en ocasión alguna tuvo nuestro público, ni ninguno de los de España la oportunidad de presenciar en una misma tarde dos acontecimientos de tan magna trascendencia deportiva, máxime atendiendo a que tanto blanquiazules como azulgrana están trabajando para presentar equipos dignos de su historial y de los colores que habrán de vestir”.

Cuando llegó la hora, los que saltaron al campo a las 15.30 de la tarde, dos antes de la fina, fueron el Atlético Aviación (al que entrenaba Ricardo Zamora) y el Recuperación de Levante. La prensa del 22 de junio se limitaba a decir que “jugarán en partido preliminar los equipos militares Aviación Nacional y Recuperación de Levante”. Y un anuncio sospechoso de la gestora del Barcelona llamando a sus socios y simpatizantes a acudir al estadio y “colaborar con la fiesta patriótica”. Se escondió, pero a nadie en Barcelona se le escapó que desde el Barça no había intención alguna de colaborar en una fiesta en la que se sentía agredido.

La final, que la ganó el Sevilla por 6-2, tuvo más como protagonista al general Moscardó que a los futbolistas. Antes del partido, jugadores de los dos equipos y todos los que estaban en el estadio escucharon el himno nacional con el brazo extendido. Sobre el césped de Montjuïc, el militar entregó la Copa al sevillista Campanal. Luego, en el hotel Ritz se cerró la fiesta con una cena repleta de uniformes y condecoraciones.

Franco sabía que el fútbol era importante en un momento tan delicado. Pronto encargó a Moscardó y sus ayudantes que trataran que la FIFA permitiera que España volviera a jugar partidos internacionales. Lo hizo con camiseta azul para evitar cualquier referencia al pasado rojo. A los equipos con nombres extranjeros (Athletic, Football…) se les hizo castellanizarlos.

Cinco días más tarde, el 30 de junio, el Barcelona y el Athletic (9-1 porque los vascos nada tenían que ver con el equipo de 1936) reinauguraron el campo de Les Corts (Las Corts, entonces). El partido no escapó de la propaganda patriótica a través de la alocución del general Álvarez Arenas. Su discurso dejaba claro que el nuevo gobierno no se fiaba del pasado azulgrana: “El Barcelona de hoy ha sabido arrojar para siempre la semilla de los antiespañoles, exponiendo su idea de que patrióticamente han de ser las entidades deportivas, el verdadero fin del deporte sano y educativo de multitudes”.


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