jueves, 30 de mayo de 2013

Del fluido vital a la superstición cuántica



Por: Miguel A. Delgado


Los avances científicos han ido sustituyendo a la religión en la respuesta a las grandes preguntas del mundo. Pero, a la vez, estos descubrimientos han sido objeto de superstición y hoy asistimos al espectáculo de una pseudociencia manipuladora del conocimiento

Hubo un tiempo en el que la legitimación última provenía de la religión, y cualquier intento de utilizar la racionalidad científica para encontrar la respuesta a las grandes preguntas de los hombres se topaba con la intransigencia de las autoridades si las conclusiones apuntadas contradecían las inamovibles y sacrosantas verdades de los textos sagrados. Algo que experimentaron en propia carne gente como Galileo, Servet o Copérnico, entre otros muchos. Tuvo que llegar el siglo XVIII para que esta hegemonía empezara a dar las primeras señales de agrietamiento. Mientras los descubrimientos de William Herschel comenzaron a lanzar la sospecha de que el hombre, lejos de ser el centro del Universo, era más bien una anécdota en él, los estudios en torno a una fuerza conocida de antiguo pero sólo levemente comprendida, la electricidad, levantaron una ola de entusiasmo sin precedentes.

Los experimentos de Luigi Galvani, quien logró que cuerpos de ranas muertas experimentaran movimientos al serles aplicada una corriente de electricidad, hizo creer a mucha gente que por fin se había encontrado el fluido vital, la esencia misma de la vida. Los salones se llenaron de discusiones en las que participaban científicos, intelectuales y alta sociedad; la obra Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley (1818), es un testimonio perfecto de ese momento. El mismo Ortega lo observó: "Hacia 1800 las dos palabras místicas que al resonar estremecían los corazones occidentales eran estas: libertad, electricidad. Leed los libros románticos alemanes y franceses y veréis cómo de pronto, cuando menos se espera, cuando no sabe el autor cómo calificar exquisitamente algo, dirá que es eléctrico."

A partir del último tercio del siglo XIX, y basándose en los descubrimientos de Faraday, la electricidad pasó a ser comprendida y domesticada gracias a inventores como Nikola Tesla, convirtiéndose en la herramienta de la segunda y decisiva revolución industrial. Las gentes vieron cómo a lomos del electrón se sucedían las maravillas: no sólo iluminando las ciudades, sino dando pie al surgimiento de la radio y revolucionando los medios de transporte. El hombre parecía por primera vez alguien capaz de mejorar el mundo, como afirmara Chejov: "La prudencia y la justicia me dicen que hay más amor a la humanidad en la energía eléctrica y la máquina de vapor que en la castidad y la abstinencia de la carne".

Sin embargo, la fascinación por el vocablo pronto dio pie a una sobreexplotación que abrió las puertas a todo tipo de usos: las páginas de los periódicos se llenaron de terapias de belleza, cepillos, vigorizadores para el hombre viril, desarrolladores del pecho femenino, aparatos de salud, plataformas vibratorias... todos eléctricos, por supuesto. Y eso, cuando no se trataba de estafas deliberadas, como la máquina que John Worrell Keely presentó en 1872, haciendo creer a todo el mundo que era capaz de extraer electricidad del éter (sustancia que por entonces aún se creía llenaba el vacío del Universo). Un sofisticado timo que, sin embargo, no fue desenmascarado hasta después de su muerte, en 1898, cuando la policía irrumpió en su casa.

Esta fe en el progreso tuvo un abrupto final con el hundimiento del Titanic en 1912, y sobre todo con el advenimiento de la Gran Guerra, primera cita histórica con la tecnología aplicada a la muerte y la destrucción que dejó una profunda huella en la sociedad. El progreso vertiginoso del siglo anterior no había traído un mundo mejor, sino sólo multiplicado la capacidad destructiva del hombre. Para entonces, un grupo de jóvenes físicos había irrumpido y acuñado una palabra que iba a sustituir a la electricidad en el imaginario colectivo: lo atómico.

Las publicaciones fantásticas de los años treinta o cuarenta dieron por supuesto que todo en el futuro usaría la energía nuclear. No sólo los cohetes o las grandes construcciones, sino hasta el más humilde aparato: ¿Las pistolas? Atómicas. ¿Las lavadoras? Atómicas. ¿Los taxis? Atómicos. ¿Los aspiradores? Atómicos. Sin embargo, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, y la escalada armamentística de la Guerra Fría, acabaron con el mito del átomo como benefactor de la humanidad: esa fuente casi inagotable de energía, barata y eficiente que se persiguió en un primer momento, ocultaba en realidad en su interior una capacidad destructiva sin precedentes. Por primera vez, el hombre tenía en sus manos la opción de destruir el mundo entero. El mito de Frankenstein resucitó, y lo hizo con mayor potencia.

Hoy, vivimos en la era cuántica. Si hasta mediados del siglo XX la ciencia había ido robando espacio a la religión en la explicación del mundo cotidiano y palpable, en las últimas décadas la física se ha adentrado en terrenos propios de la metafísica. Cuando el propio premio Nobel Richard Feynman (1918- 1988), el gran teórico de la mecánica cuántica, llega a confesar que en realidad "nadie entiende" esta disciplina por sus aparentes paradojas (como el hecho de que el observador modifique el hecho observado, o el "entrelazamiento cuántico", que puede hacer que partículas simétricas separadas por una gran distancia cambien simultáneamente sus propiedades al alterar sólo una de ellas), entonces abrimos la puerta para todo tipo de usos espurios.

Así, ante cualquier gadget introducido en la serie Fringe, capaz de hacer cualquier cosa imposible, alguno de sus actores ya se encargará de informarnos de que es un aparato cuántico, y con eso todo queda explicado. Por no hablar de la aplicación a las relaciones humanas que hace un afamado divulgador científico amante del pan de molde. Y la cosa llega a extremos chuscos cuando los curanderos y adivinadores de siempre se proclaman "expertos cuánticos". Definitivamente, la religión ha abandonado el campo, pero no parece que este haya sido tomado tanto por la ciencia como por una superstición disfrazada, eso sí, de aparente saber científico.

0 comentarios :

Publicar un comentario